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En este mundo actual tan cambiante, en el que los compromisos a largo plazo parecen no tener sentido; en el que ante las encrucijadas de la vida se tambalea la fe, se cuestionan las opciones y se rompe la unidad familiar, social, religiosa, el evangelio de este quinto domingo de Pascua nos ofrece una clave para hacer frente a la realidad: “Permanecer unidos a mí”. Es la propuesta que nos hace Jesús: vivir y experimentar la vida que Él nos ofrece.  Si “permanecemos unidos a Él”, nos mantendremos firmes y seremos capaces de superar todo, porque con Él lo podemos todo, sin Él nada.

Pero para “permanecer” fieles necesitamos amar, porque el amor garantiza la permanencia en el tiempo. Es necesario que cuidemos el encuentro constante con el Señor Jesús para que el Padre, por medio del Espíritu, nos injerte en la “Vid Verdadera” y seamos capaces de dar frutos en bien de nuestros hermanos. Todo un proceso de encuentro, conversión y unidad.

Un ejemplo de este proceso lo tenemos primera lectura, en la experiencia de san Pablo. Él se encontró con el Señor, fue podado de lo que le impedía fructificar, superó las adversidades y permaneció fiel, llegando a dar mucho fruto.

Pidamos con confianza al Señor que nos injerte en su vida y nos conceda la gracia de permanecer fieles en su amor y en su seguimiento. 

Hna. Diana Ruiz, JST

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En el evangelio del cuarto domingo de pascua sobresalen dos figuras: el pastor y las ovejas. (Jn.10, 11-18)

Hoy nos resulta bastante ajena la figura del pastor, raramente lo vemos cuidando el rebaño. Aun así, entendemos fácilmente lo que Jesús nos quiere transmitir porque tenemos esta o parecida experiencia: Entramos en una tienda y hay dependientes que rápidamente nos preguntan, se interesan, buscan. Otros, en cambio, responden con evasivas, sin implicarse, dan la sensación de que están para dejar pasar las horas. Uno es “buen pastor”; el otro, el “asalariado”.

En nuestra vida, experimentamos mucho de buen pastor y mucho de asalariado. Vivimos como “buen pastor” cuando nos comprometemos en proyectos del Reino, por dar testimonio coherente con nuestras obras; invitando a otros a su seguimiento, sin avasallar, sí, pero sin acobardarnos ante los lobos que quieren que escuchemos otras voces que no son las del Buen Pastor, voces que nos sugieren caminos más llanos y fáciles a los que Jesús nos propone. Vivimos como “asalariados” cuando huimos del compromiso pensando en dar una respuesta un poco más tarde… mañana, quizá…

Y si la figura del pastor nos resulta lejana, las ovejas arrastran mala prensa: dóciles, gregarias, idénticas… sin iniciativa. ¿Son estas las ovejas que el Buen Pastor guía en su redil? ¿Nos quiere así Cristo? ¡No! Pertenecer al rebaño de Cristo entraña compromiso, entrega diaria, buscar caminos alternativos… Y esto implica creatividad y fuerza de voluntad; dar voz a los que sufren y tomar partido ante las injusticias.

Sin embargo, la comodidad del asalariado nos acecha y preferimos, con frecuencia, no arriesgar. ¿Cómo me sitúo dentro de la Iglesia? ¿Dejándome llevar o abriendo caminos nuevos de fraternidad? ¿Siendo insignificante para la sociedad o entregando la vida, como Jesús, cada día? De la respuesta dependerá encontrar nuestro camino, nuestra vocación concreta, siguiendo al Buen Pastor.

Aunque, pensándolo bien, si ser oveja significa fidelidad al Pastor… Entonces sí deseo pertenecer a ese rebaño: fidelidad a sus palabras, cueste lo que cueste; fidelidad a su seguimiento, dando la vida día a día.

Hna. Isabel García, JST

Releo el Evangelio de este III domingo de Pascua. (Lucas 24. 35-48) Comparto con vosotros estas ideas.

  1. Jesús ha resucitado. Los discípulos vuelven contentos, felices… se han cumplido sus palabras. Han vivido por el camino una experiencia maravillosa, única. Hay que comunicarlo. Y anunciarlo con esa alegría desbordarte del encuentro personal.

Sin embargo, Jesús se presenta ante ellos y de nuevo no lo reconocen y de nuevo, el miedo los envuelve. ¿Qué sucede en sus corazones? ¿Es que la experiencia no ha sido tan real y profunda como decían sus palabras? ¿Por qué vuelven las dudas en su interior? Y es que los humanos somos así, tropezamos una y otra vez en la misma piedra. Pero Jesús que nos conoce, no se desanima. Y vuelve a regalarnos, también resucitado, una de sus frases favoritas: La paz con vosotros. No os alarméis, no tengáis miedo.

  1. En todo el texto, los discípulos permanecen en silencio, quizá porque tenían demasiado desconcierto en su interior, demasiadas dudas y desconfianzas en su corazón. Y Jesús quiere recobrar a sus amigos. A esos amigos que le han acompañado, que con él han pisado los caminos de Judea y Galilea. No viene a reprochar sino a regenerar su fe, a dar paz: No temáis, soy YO. Porque ser amigo de Jesús no significa vivir atemorizados, sino confiados; ni creer en fantasmas sino en el Viviente. Así, además de recuperar a sus amigos, los va convertir en TESTIGOS.
  2. Para infundirles fe, para convertirlos en testigos, Jesús les dice: Mirad mis manos y mis pies. No les pide que reconozcan su rostro, sino sus heridas de crucificado. Descubrir sus manos en tantas personas que bendicen, que acarician, que trabajan. Descubrir sus pies en tantos que caminan cansados, abatidos, luchando por sobrevivir. Que miren siempre su amor entregado hasta la muerte. Así llegarán -llegaremos- a ser verdaderos testigos: reconociendo a Jesús en las llagas de las heridas de tantos hombres y mujeres que sufren dolor, enfermedad, injusticia. Ellos son sus manos y sus pies ahora. En ellos está el resucitado. Y tú eres su testigo, ahora, hoy

Hna. Isabel García, JST

Era de noche, los discípulos estaban encerrados, tristes, acobardados y bloqueados por el miedo. No tenían ni idea ni esperanza de la posible resurrección de Jesús. Él, que los conoce bien, sabe que necesitan vivir la experiencia Pascual para que ser transformados por dentro. Como siempre, el Señor toma la iniciativa: se deja ver, sale a su encuentro, vuelve a mirarles, se pone en medio y les regala su Espíritu, su luz y su fuerza. No sólo se lo regala, sino que les da la capacidad para que también comuniquen su Espíritu a los demás.

Tomás, el pesimista, no estaba presente. Conocemos su reacción tan parecida a la nuestra cuando vivimos desilusionados y queremos pruebas para no desesperar, para comprender y creer. Pero como con los demás, el Señor se encuentra con él y le devuelve la esperanza, que le lleva a confesar esas bellas palabras salidas de su corazón arrepentido, su mayor confesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”

Los discípulos son invitados a comunicar el don recibido. Tú, yo, todos, estamos llamados, como no puede ser de otra manera, a contagiar también esta explosión de vida que emana de la experiencia de la Pascua.

Hna. Amelia Sánchez, JST

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